///// Naturaleza de lo verdadero /////

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/////////////////////////////////////////LA GRANDEZA RESIDE EN EL ESPÍRITU.

CRUZAMOS LA FRONTERA FRANCO BELGA Y EL TREN ATRAVIESA EL Borinage*. ¿Qué es esto? ¿Un espejismo? Hasta el horizonte se destacan sobre el cielo de la llanura pirámides gigantescas. Me refiero a mi primer viaje, hace muchos años. Mi emoción era intensa. Esos monumentos sublimes se hundían en las profundidades azules, a izquierda y derecha del tren. No eran otra cosa que los “basureros” de las minas de carbón, esas acumulaciones de  residuos de esquisto gris-negro que encerraron un día las vetas de carbón. Ahora comprendo: los rieles apoyados en el flanco de cada talud conducen las vagonetas hasta la cúspide de la pirámide donde se vuelcan. La ley del deslizamiento de tierras determina definitivamente el destino de las pirámides: una inclinación de 45º, impecable. Así, me encuentro cerca de El Cairo, en el país de los faraones.

¡No, no, me encuentro allí! Mi emoción, aunque viva aún, se embota. Mi admiración se disipa. No son obras maestras; no son obras siquiera. Son sencillamente residuos de esquisto. Y, de golpe, mido el abismo que puede abrirse entre el aspecto de una cosa y la calidad del espíritu que la ha suscitado. La intención es lo que nos conmueve hasta el fondo del corazón, la calidad del espíritu empleado en la realización de la obra. Aquí sólo tenemos una empresa industrial en que no ha intervenido intención elevada alguna.

 ¡Claro está! Y por fresco que sea mi entendimiento, por ingenuo que sea mi corazón, no oigo aquí la palabra de un hombre o de los hombres. Sólo estoy en presencia de un hecho y de una ley física. La única emoción que subsiste es la del rigor de esa ley. Nada más.

Pero en mí se abre el debate: ¿si los hombres hubieran hecho eso queriéndolo, para que la intención exalte nuestros corazones? El tren ha atravesado el Borinage y las pirámides no me preocupan más.

*  La región carbonera de Bélgica. (N. del T.)

Le Corbusier. Cuando las catedrales eran blancas. Editorial Apóstrofe. Barcelona 1999. Pags 45-46./////////////////////////////////////////////////////////////////////

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